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January 29, 2008
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La noche era neblinosa.

Él era un asesino. Un hombre sin sentimientos, un ser horrendo de sangre fría.

La Muerte lo buscaba, quería hacer justicia. Se movía con el temple de un hombre y la gracilidad de una dama. Convencido, de que el tiempo colocaría a todo en su lugar.

Él debía su vida. Creyó matar a la propia Muerte, pero mató a la dama de ésta. Era consciente de lo que había hecho al ver aquella figura femenina mientras caía tras una cobardísima puñalada en la espalda. De ella brotó su último chillido y un cordel de sangre negra.

La Muerte lo notó. Su dama, su mujer había caído, había abandonado este mundo. Aunque nunca comprendió el amor debido a ser lo que es, se notó vacío. Le faltaba algo. Y notaba que dejaba de ser el mismo, pues nunca había tendió sentimientos. Era algo frío. Y ante todo, cruel.

Él corría por las oscuras calles de aquella ciudad. Sabía que la Muerte no tardaría en encontrarle. Sabía que podía volver a darle esquinazo, como las 2 últimas veces. Sabía que tenía que dar su vida, pero era un ser codicioso. No se dejaría ganar.

La Muerte lo detectó. Lo vio correr. Decidió deslizarse bajo su negra capa, con la misma gracilidad de siempre hasta acercarse a él.

Él notó a la Muerte. Sus oscuros sentimientos delataban a aquel ser. Rememoró aquella capa que parecía tener vida, aquella facilidad para moverse, aquel frenesí de sentimientos que la última vez que vio “aquella cosa”, que no se sabe si es hombre o mujer. Hasta que supo que tenía que tenía un amor.

La Muerte se apareció ante él.

Él, como otras muchas veces, se asustó. Se dejó inundar por aquellos negros sentimientos, negros como la propia Muerte, negros como la sangre de aquella dama. Quedó paralizado, pero no por la apariencia terrorífica, ni por su aliento putrefacto.

La Muerte, esta vez sedienta de sangre canalla, aprovechó la ocasión. Él estaba arrinconado. La Muerte era terriblemente cruel, le estaba haciendo sufrir a propósito, haciendo que aquel desgraciado desease su fin de una vez por todas.

Él temblaba violentamente. Se sintió ridículo ante aquella imponente figura.

Y la Muerte se encargó personalmente de que su oxidada guadaña silbase de satisfacción hasta desgarrar violentamente lo que antes era un asesino por placer, desterrando sentimientos tras una maléfica, pero potente carcajada.

Y ella terminó su trabajo con él en el otro mundo.
:iconyonseca:
Lo que me salió un día que me apeteció escribir...
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